MI VISIÓN DEL TRABAJO DE LLANO .

Mi visión del trabajo de llano hoy.


El trabajo de llano forma parte de la esencia de la ganadería en nuestras sabanas. Durante muchos años tuve la oportunidad de conocerlo, vivirlo y aprenderlo en su forma más tradicional. Con el tiempo, ese conocimiento fue evolucionando hacia una forma distinta de entender y manejar la ganadería en el llano.


En este artículo quiero compartir cómo conocí ese trabajo de llano y cómo, con los años, fui formando mi propia visión y práctica de lo que hoy debe ser, bajo mi propia perspectiva.



El trabajo de llano que conocí.


El trabajo de llano que conocí desde joven estaba profundamente ligado a la cultura del llanero. No era solamente una actividad productiva; era una forma de vida donde se mezclaban la faena diaria, el conocimiento del ganado, el dominio del caballo y una identidad muy marcada del hombre de sabana.


En aquella época, el llano era prácticamente una sabana abierta. No existían cercas que delimitaran las propiedades como ocurre hoy. Los linderos eran naturales y el ganado podía desplazarse libremente entre distintas zonas. Por eso era común que los animales de diferentes propietarios se mezclaran en la sabana.


El ganado se organizaba en lo que se conocía como rodeos. Estos rodeos eran grupos de animales que, de manera natural, se acostumbraban a pastar en determinadas zonas del hato. Cada rodeo tenía incluso su propio nombre, y los llaneros conocían muy bien los animales que lo identificaban y conformaban. Es decir, existían animales con características muy reconocibles, lo que permitía identificar fácilmente cada rodeo.


Las faenas principales se realizaban a través de lo que se conocía como las vaquerías. Para estas jornadas se reunía un grupo importante de llaneros —a veces entre quince y treinta hombres— dependiendo de lo específico o general del trabajo que se fuera a realizar.


Se salía muy temprano a la sabana, muchas veces incluso sin desayuno. Recuerdo que en varias ocasiones salíamos tan madrugados, que ni siquiera podía ver mi mano frente a mí. El caporal me decía: “Tenemos que agarrar el ganado echado, antes de que se levante”, para poder recogerlo y arrearlo.


El caporal de sabana era quien organizaba la faena. Cuando visualizaba el rodeo que se iba a trabajar, distribuía a los llaneros en distintas posiciones para poder rodear el ganado y recogerlo en lo que se llamaba su paradero.


Existían los picadores —llaneros con mayor conocimiento— que actuaban como subjefes de la faena junto con otros hombres más.


Para el arreo del lote o de los animales que se fueran a llevar, se organizaban los punteros, contrapunteros, laterales y arreadores. Incluso se utilizaban bueyes mansos que ayudaban a conducir el ganado durante las arriadas.


Si se estimaba que solo se apartaría en la sabana una parte del rodeo, una vez rodeado el ganado comenzaba el trabajo de apartar los animales que se necesitaban sacar: toros listos para vender, vacas viejas o animales que presentaban algún problema.


Dependiendo de la época del año, también se apartaban los becerros para marcar. Estas marcas en la oreja, con figuras que pertenecían a diferentes propietarios, permitían identificar los animales. En nuestro caso, la marca era el tenedor en la oreja derecha y el bocado en la izquierda.


El llanero tenía una gran capacidad visual para detectar estos detalles.


Después de completar el aparte, comenzaba la arriada hacia la casa, que podía durar varias horas o incluso todo el día. Estas arriadas formaban parte también del folklore del llano: el canto al ganado, las historias compartidas entre los llaneros y la camaradería que se creaba durante la faena.


Recuerdo también que el comienzo del arreo era el momento más difícil. Allí la capacidad del llanero era fundamental, así como la habilidad para amarrar o volver a incorporar a los animales que trataban de escaparse. De allí también nacen muchas de las palabras y expresiones que se usan en el llano para describir las querencias de los animales.


Cuando el ganado llegaba nuevamente a la casa, se organizaba en potreros específicos. En uno se acumulaban los toros de exportación, es decir, los animales que iban a salir para la venta. En otro se concentraban las vacas de descarte.


También estaban los becerros ya herrados y marcados, junto con sus respectivas madres, ya que al apartarlos se hacía siempre junto a ellas. A esto se le llamaba “madrear el becerro”.


También recuerdo cómo comenzó a introducirse poco a poco la mejora genética. Cuando se compraban toros nuevos —generalmente Brahmán— se llevaba a cabo lo que se llamaba “pegar los toros”.


Los toros nuevos se llevaban hasta el rodeo de la sabana, se sacaban los toros viejos que podían pelear con ellos y se dejaban los toros recién comprados para que se adaptaran al grupo. Durante varios días, un grupo de llaneros vigilaban que esos toros se mantuvieran dentro del rodeo.


Ese fue el trabajo de llano que conocí y en el que me formé.



Mi concepción del trabajo de llano.


Con el paso de los años comencé a darme cuenta de que, a pesar del folklore y del conocimiento del llanero, el manejo del ganado en la sabana tenía muchas limitaciones.


Los inventarios eran muy imperfectos. En realidad, eran estimaciones. Aunque el llanero tenía una gran capacidad para reconocer animales y saber si una vaca pertenecía o no a determinado rodeo, los ganados podían mezclarse fácilmente entre propiedades o entre rodeos dentro de la misma sabana.


Los animales se perdían, se movían hacia otras sabanas, morían o incluso podían ser objeto de robo, sin que existiera una forma clara de medirlo.


Fue entonces cuando entendí, que el trabajo de llano había que comenzar a organizarlo de otra manera.


El primer paso fue delimitar los linderos de las sabanas, cercando las propiedades para saber con claridad qué ganado pertenecía realmente al hato. Después comenzamos a dividir las sabanas en grandes potreros, respetando en lo posible los comederos naturales y las zonas donde el ganado acostumbraba pastar.


Curiosamente, los nombres tradicionales de los rodeos se conservaron y fueron los mismos que empezaron a recibir esos potreros.


Luego comenzamos a trabajar en algo fundamental: el ajuste de la carga animal. Con la colaboración de mi médico veterinario y amigo, y del Dr. Eduardo Chacón, asesor en manejo de sabanas, empezamos a estudiar qué comían los ganados en verano y en invierno, y cuántas unidades animales podían sostener esas sabanas sin deteriorarlas.


En algunos casos se introdujeron mejoras en la sabana, como la siembra de Brachiaria humidicola en franjas, una práctica que permitió mejorar la disponibilidad de forraje sin alterar completamente el ecosistema natural.


Otro paso fundamental fue identificar los animales individualmente. Esto tomó tiempo. Se utilizaron hierros con numeración individual y tatuajes en las orejas. Poco a poco, a medida que esos becerros identificados fueron creciendo y formando parte del rebaño adulto, empezamos a ver los beneficios de contar con información precisa.


Comenzamos también a llevar registros, utilizando hojas de Excel y posteriormente programas disponibles en ese momento, como Super Carne, que aún continúa vigente.


También comenzamos a realizar palpaciones reproductivas y pruebas de brucelosis, siguiendo las recomendaciones del médico veterinario, así como planes sanitarios basados en diagnósticos que se actualizan anualmente.


Para el desarrollo futuro del hato fue clave introducir una práctica fundamental: el destete. Al principio hubo comentarios —recuerdo que se decía que yo iba a matar los becerros de hambre— y dudas sobre esta práctica, pero con el tiempo permitió organizar mejor los grupos del rebaño.


Otra práctica fundamental fue la temporada de monta, adaptada a nuestra zona. En aquel momento incluso me decían —hasta personas de mi propia familia— que más nunca se iban a preñar las vacas.


Los animales comenzaron a clasificarse por grupos etarios: vacas según su estado reproductivo, novillas, becerros y animales en crecimiento. Todo este proceso no ocurrió de un día para otro. Tomó varios años de trabajo constante.


También hubo que enfrentar problemas como las cimarronadas, ganado alzado que no se dejaba recoger fácilmente y que hubo que trabajar con paciencia hasta lograr animales más dóciles.


Todo este proceso permitió comenzar a manejar información mucho más precisa: porcentajes de preñez, pesos al destete, crecimiento de los animales, pérdidas y comportamiento general del rebaño.


Hoy la tecnología ofrece muchas más herramientas: aretes electrónicos, chips de identificación, lectores digitales e incluso drones para monitorear el ganado. Pero más allá de la tecnología, lo importante es entender que la base de la ganadería moderna, es la información.



Un trabajo de llano orientado al manejo ganadero de la finca.


Hoy me resulta difícil imaginar trabajar la ganadería de otra manera distinta, a como la hacemos ahora.


El trabajo de llano ha cambiado mucho. Antes las grandes vaquerías se realizaban en momentos específicos del año. Hoy, en cambio, el trabajo de llano se ha vuelto más constante y más organizado.


Podría decirse que ahora el trabajo de llano se realiza prácticamente todos los días. Independientemente de la época del año —si es invierno, verano, entrada de aguas o salida de aguas— las faenas ganaderas se ajustan y se realizan continuamente.


Todos los días los llaneros recorren los potreros, observan el ganado y revisan las condiciones de la sabana. La bestia mular, por ejemplo, se ha convertido en una herramienta muy útil para muchas de estas labores.


En la temporada de pariciones, los lotes se revisan constantemente. Cuando nace un becerro se cura, se identifica, se pesa y se registra su información desde el primer momento. A partir de allí comienza todo un proceso de seguimiento del animal.


Los animales se manejan por grupos etarios, y las actividades se organizan siguiendo cronogramas sanitarios y productivos. Hoy el trabajo ganadero se basa en protocolos, procesos y planificación, sin perder por ello la esencia del trabajo de llano.


Porque algo que sigue siendo indudable es que el llanero conoce el llano como nadie. Cuando ese conocimiento tradicional se combina con información, organización y tecnología, el llano adquiere otra dimensión.


Creo que ese es el camino que debemos seguir: mejorar la ganadería, incorporar nuevas herramientas y tecnologías, pero siempre procurando que ese avance sea para el bien del llano, para su conservación ambiental y para mantener viva la cultura que forma parte de nuestra identidad.


Así concibo hoy el manejo ganadero del hato: un trabajo de llano permanente, organizado y apoyado tanto en la experiencia del llanero, como en el conocimiento técnico que exige la ganadería moderna.

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